Sentado en el mármol
del jardín de penas,
me mira mi alma
desde la humedad.
Llora el campanario
tañendo mis venas,
tu ausencia proclama
en el arrabal.
Mi vasca querida,/ mis ojos te esperan,
y veo tu sombra / en cada pared.
Llegando a la esquina / de una cuadra eterna,
mis pasos se aprontan / buscando tus pies.
Sedal mariposa / despierta en mi lecho,
tus cálidas manos / que cruzan el mar.
Con toque de rosas / me inflan el pecho,
y tiembla debajo / mi flor de coral.
Mi pálida Luna / de los horizontes,
sonrisa de un cielo / al que no llegaré,
de grutas profundas, / la voz de tus montes
promete los versos / del amanecer.
Mi vasca querida / la noche que llega,
me lleva a tu sombra / y me sirve un café.
Parado en la esquina / de una cuadra eterna,
el viento me sopla / milongas de ayer.
Farol de mi plaza, / vestida de blanco
ondeando en lo negro / me saludará.
Desde tu terraza / me traerás tus labios,
mi nombre entre besos / me susurrarán.
Si llega una tarde, / y corta los hilos,
el cráneo deshecho / de nuestra vejez,
melena azabache / la sombra en los tilos,
será nuestro techo / cuando sea después.
Mi vasca querida, / mi cuerpo se entrega
al ver que tu sombra / juega con la red.
Doblando la esquina / de la cuadra eterna,
mis labios te nombran / porque te encontré.
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